ver a los protagonistas de carne y huesos ver a Nicole Kidman y
no a Virginia Wolff en Las horas.

Nunca me han gustado los Oscar, debo admitirlo. Desde que era
niño no los apreciaba ni en lo más mínimo. Lo mismo me pasa
con los Grammys, Emmys, Tonys, MTV y todos los demás. Hay
cosas donde el radicalismo debe seguir siendo una opción.
Siempre me ha parecido una fiesta vana. Aburrida la mayoría de
las veces. Su atracción principal: ver a los protagonistas de carne
y hueso. Ver a Nicole Kidman y no a Virginia Wolff en Las horas.
Ver los vestidos y la alfombra roja como un santuario
interminable. Ser parte de su mundo aunque sea desde afuera,
atrás de la cinta que rodea la alfombra. Quizá la perspectiva
cambiaría si fuéramos invitados y estuviéramos en primera fila
(¡seríamos parte de su delicioso mundo!), pero es impensable
ser uno de los 20 muchachos que entraron con pases falsos y
acabaron durmiendo en la cárcel o pagando una multa.

El espectáculo se ve en la tele. Ese es nuestro escenario. Ahí uno
se puede imaginar el tiempo real de los actores y la infinita corte
que los rodea. Vemos sólo lo que ellos nos dejan ver, lo que se
diseña que veamos. Las tomas parecen accidentales, pero todo
está planeado para sacar a tal director y no a tal otro. Al final, lo
que hay que reforzar son los Nombres. Las caras. Las sonrisas.
En México, oír a los conductores de TV Azteca en la tele abierta
era un suplicio. Sus pretendidas ganas de "ser parte del
espectáculo" los hacía ridículos. Imitar siempre es un tragedia: no
eres tú ni nadie, sólo eres una sombra ligera sin gracia. Y los de
Azteca sólo saben hacer eso: repetir la fórmula estadounidense y
tratar de hacer sus mejores chistes. Pero si Steve Martin y Alec
Baldwin sonaban cansados, los nacionales de plano no podían
ni pronunciar bien sus propias palabras. Claro, es que es un
show en donde lo que importa es la imagen y no la palabra...



















De alguna manera, la ceremonia de los Oscar representa lo más
esencial del espectáculo mediático. Los mundos de la tele y el
cine, los círculos independientes, la política, el periodismo
profesional, etcétera, son seducidos por los flashs intermitentes.
La "Academia" -como se llaman a sí mismos los jueces de los
premios- desde hace relativamente poco tiempo han pretendido
darle un toque político al asunto (recordemos a Michael Moore,
Gael García Bernal condenado la guerra, Al Gore llamando a
salvar el planeta, etcétera). Al igual que los nobel, se imaginan
transmitiendo un mensaje al gran público. No premiar a Avatar en
lugar de una película con un evidente carga política, Zona de
miedo, de Kathryn Bigelow, parece un mensaje, pero más bien da
la impresión de que el pensamiento progresista también genera
buen rating. Pero quizá el punto se desenreda si tomamos en
cuenta que Bigelow es la ex esposa de James Cameron: ¿están
premiando los Oscar a las ex? ¿Hay una vendetta implícita? ¿80
años sin que una mujer ganara el Oscar a la Mejor Dirección?
¿Ahora hay que celebrar el retraso? El punto, evidentemente, es
cómo nos venden sus errores, el marketing que generan para
aprovechar un rezago histórico. Y todo se multiplica gracias al
omnipotente poder de la tv.