Gloria Trevi la historia

Fue la celebridad mexicana más polémica de los años ochenta,
rompió con la imagen de cantante prefabricada de Televisa, le
hablaba a la raza y a los intelectuales, hasta que un día se supo
que la vida privada de Gloria Trevi no correspondía a la imagen de
la chica rebelde y desenfrenada. Fue a dar a la cárcelo y regresó
para ascender de nuevo. Mientras prepara el guión para la
película de Gloria Trevi, Sabina Berman escribe sobre todos los
posibles caminos para contar la historia de la Trevi.


CRONOLÓGICAMENTE

Tal vez ésta es una historia para ser contada cronológicamente,
porque trazada contra el tiempo adquiere una forma simple. El
ascenso de una chavita impetuosa a la cima de la gloria del pop-
rock latino; su caída en vertical en medio del escándalo, hasta
muy hondo en la oscura cárcel, y por fin su nuevo ascenso,
empeñoso, otra vez rumbo a la cima más alta.

Una versión así podría empezar con Gloria a sus tiernos 17 años
sentada en una sala de espera de la academia del ex cantante,
arreglista y compositor Sergio Andrade. Otras 30 chavitas
esperan también sentadas. A sus mamás se les dijo: “Bye, bye”,
hace un rato, Sergio no audiciona nuevos talentos en la presencia
de las madres, que las inhiben.


















Es 1984. Son las dos de la tarde en la Ciudad de México. Por una
puerta entra otra joven, muy pálida ella, con ojos muy grandes,
con los labios voluptuosos pintados de rojo bandera. Mary
Boquitas, la llaman. Mary lee de un cuaderno escolar el nombre
de la chavita a la que toca el turno de pasar con el maestro
Andrade.

El maestro Andrade, el Rey Midas le llaman en el ambiente del
espectáculo. Creador de Lucerito, de Cristal, de Yuri, entre otras
estrellas.

Dan las cuatro y dan las seis, y sólo han pasado la mitad de las
chavitas, el foco del techo se enciende y dan las ocho y las 10 y
las 12, y Gloria se ha quedado sola, la última, rezando para que el
milagroso señor Andrade sí la reciba por fin.

¿Qué trae en la cabeza esa chava norteña de greñas largas? Se
lo pregunto a Gloria, ahora que tiene 41 años.

“Traigo a Jim Morrison en la cabeza. A Mick Jagger y los Rolling
Stones. Traigo en la cabeza rock pesado y un estadio atiborrado
de raza que con cada guitarrazo y cada lírica se cimbra y aúlla”.

Mary Boquitas, ojerosa, abre la puerta y lee de su cuaderno
escolar: “Gloria de los Ángeles Treviño”.

Gloria baja la vista al piso, tímida, y va tras Mary que la conduce
por un pasillo y le abre una puerta, y le franquea el paso al salón
donde el mítico Sergio Andrade toca en las teclas de un Steinway
de cola abierto. Por su prestigio uno supondría que es un viejo
maestro, pero no, tiene apenas 30 años, y sin embargo la
seriedad de un hombre torturado por la conciencia de su propia
importancia. Delgado, en un traje negro impecable, la camisa
blanca con el primer botón desabotonado, la quijada cuadrada y
ojos negros bajo cejas espesas. Sigue tocando en las teclas una
melodía suave y Gloria petrificada espera que la note.

La mira por fin, y sin dejar de tocar le dice: “Acércate, a ver, ¿qué
tienes para enseñarme?”.

Gloria toma aire. Le canta a capella "Amor cavernícola", un rock
monótono, primitivo: cavernícola en efecto, pero cantado con
muchas agallas y saltitos rockeros.

Sergio no está impresionado. Pero pregunta si la composición es
de ella. “Es mía”, asegura Gloria. Agrega: “Tengo como unas… 52
canciones compuestas por mí”.

Sergio tampoco está impresionado, se pone en pie y la rodea.
“Eres demasiado alta —dice—. Estoy buscando chavas para un
nuevo grupo de rock, pero tú eres, sí, demasiado alta. A ver,
quítate los zapatos”.

Gloria se descalza ante el señor Andrade

MUSICALMENTE

Boquitas pintadas es un grupo que no trasciende. Le sirve a
Gloria sin embargo para quedarse a vivir en la academia de
Andrade, toma clases de la mañana a la noche, de teclado y
composición y de baile, y de paso se hace novia del maestro,
aunque el maestro es pareja de Mary Boquitas, incluso es
civilmente su esposo.

“¿Lo sabías tú o él te engañó?”, le pregunto.

Gloria niega con la cabeza y dice: “No, no”. Pero se refiere a que
no quiere hablar conmigo de eso. Ni conmigo ni con nadie. Ésa
es la prehistoria de su vida. “Mejor hablemos de la música”, dice.

Me río. “¿Crees que puede contarse tu vida sin mencionar a
Sergio Andrade?”, le pregunto.

“Puede contarse sin mencionarlo”, me asegura.

Y es que odia que su historia siga enredada con la de Sergio,
odia responder por asuntos de su adolescencia, ahora que es
una mujer distinta, que tiene dos hijos y un marido y ha pagado
de sobra cualquier imprudencia de su ayer. Caray, quiere hablar
de música. Mejor aún, hacerla.

Así que por lo pronto hablamos de cómo aprendió a armonizar.
Cómo aprendió a reconocer su voz y fue construyéndose su
estilo. Cómo fue juntando las canciones de su primer álbum.  

Estamos en casa de su suegra en Tampico, donde vive con su
marido Armando Gómez, en un estudio con un tapete de pelo tan
alto que parece un césped salvaje de estambre, y Gloria, sobria,
va en vaqueros y suéter negros, botas, el pelo recogido, cero
maquillaje. Es muy apuesta, aún sin maquillaje. Se parece a Gina
Lollobrigida en su mejor época, la de su cuarentena, aunque es
más esbelta y más fría.

Es decir, más fría hasta que canta. Me tararea "Pelo suelto". La
canta a media voz, ella misma imitando la instrumentación de los
puentes musicales. Me canta "Doctor psiquiatra", riéndose de
pronto del candor adolescente de la letra. Me canta en voz queda
"Con los ojos cerrados". Estamos entrando a sus canciones
románticas, las dolorosamente dulces. Le pido "El recuento de
los daños", una de mis preferidas. A media canción me dice:
“¿Escuchas las letras?, yo le canté al público mi vida personal, yo
era un libro abierto”. Y vuelve a la melodía de "El recuento de los
daños"...

En este concierto privado, a media voz, no le sucede ninguna nota
desentonada. Ni un fuera de ritmo. Me acuerdo de una sesión en
que entrevisté a las Flans en el estudio de grabación, hace 20, 25
años. Los ingenieros de sonido laboraban como relojeros
inclinados sobre las consolas para ajustar las notas erradas,
para jalar las sílabas demasiado cortas hasta llenar el compás.
Nada de eso pasa con Gloria. Canta, así en frío, sin un solo yerro.

Así fue su primera grabación. Sin un solo yerro. Estando en Los
Ángeles, recientemente, un ingeniero de sonido me relató que en
los Miracle Sound Studios, donde él trabajaba hacía dos
décadas, sólo dos cantantes habían grabado un disco de forma
impecable; es decir, cantando cada canción en una toma, sin un
solo yerro. Tina Turner y Gloria Trevi.            

“Te digo qué es la fama, según Sigmund Freud”, le digo a Gloria.
“Dime”, dice. “Ser amado por millones de desconocidos”.

Gloria asiente: “Es una emoción maravillosa —dice— saber que
tus canciones entran al corazón de millones”. Me dirá otro día:
“Muchas veces en mi carrera, cuando vivía con Sergio, quería que
nunca terminara el concierto; no quería tener que dejar de cantar y
volver a mi vida personal, llena de... —titubea, se le humedecen
los ojos— …de malos tratos”, termina. Las lágrimas se le
resbalan y comienza otra frase: “El público no tenía que rogarme,
yo estaba lista para seguir cantando otra canción extra, y otra y
otra”.

Sí, el hilo principal de la historia de Gloria, si ha de ser contada
sensiblemente, tendría que ser la música; su música, por la que
Gloria se partió el corazón, por la que vivió lo que todavía le
resulta casi indecible; la música que también le dio los orgasmos
del tamaño de los estadios retacados de raza cantando con ella y
la dicha inmensa de la fama; su música que es ahora la fuerza
que la impulsa contra las apuestas de sus detractores para llegar
otra vez al estudio de grabación, otra vez al ruedo del escenario,
otra vez a la felicidad de cantar para millones.

Me dijo una tarde Jesús Ochoa, el actor: “Yo soy feliz sólo en
escena, con un personaje que interpretar. Sólo ahí sé quién soy.
Lo demás es pura espera”.

Esa impresión me da también Gloria. Todo es espera, hasta que
canta.

Ese día en Tampico, prende el aparatote de sonido que tapiza
una pared y me canta a todo volumen "Cinco minutos", canción de
su último disco. Se tuerce a la manera Trevi, un hombro en alto,
un zapatazo al aire. Marcha por el tapete salvaje las piernas muy
altas, sube a un sofá, todo sin perder un compás, una sílaba, una
nota. Gloria por fin completamente libre, cantando a todo pulmón.

Éstos son los compositores que han marcado los últimos 50
años de nuestra música popular en México: por orden de
aparición: Armando Manzanero, Juan Grabriel, Gloria Trevi. Esta
afirmación debiera bastar para contar la historia de Gloria, si sólo
siguiendo las melodías de sus sucesivas canciones fuese
suficiente para cualquiera, pero. Pero. Pero no lo es.

Es imposible contar la historia de la música de Gloria evadiendo
la historia paralela de los hechos de su vida personal, porque
precisamente es esa historia personal la que la destronó de la
cima de la fama y cerró sus labios durante cuatro años y hace un
rato le humedeció los ojos: su sinuosa vida personal alejada de
las buenas maneras sociales es la que también le hace tan difícil
al público tomarla, de forma simple, como una cantante y
compositora espectacular.

Me susurra mi sobrina Francine, de 11 años, alumna de la
escuela de niñas bien, el Regina: “Gloria Trevi me vuela los
sesos”. Repito que me lo susurra al oído, y es para que no la oiga
su mamá, que ya le advirtió que está mal ser fan de esa señora,
la Trevi.

EL LADO OSCURO

No hay opción, si se cuenta completa la historia de esa señora, la
Trevi, hay que contar igual sus indignidades. Y esta historia debe
tener más o menos al centro un dormitorio de un departamento
modesto, estrecho, en Río de Janeiro, Brasil, 15 años después
de que Gloria conoce a Sergio Andrade y un año después de que
Gloria, en el clímax de su éxito, se retira de los escenarios.

Sergio entra de la calle sobresaltado y le pide a Mary Boquitas
que prepare los pasaportes. Tiene 46 años, ha aumentado 15
kilos de peso, está sin rasurar y usa lentes. Irrumpe en el
dormitorio donde Gloria duerme, sedada. Le palmea las mejillas.

—Tenemos que irnos —dice—. Vístete, Gloria.

—Quiero ver a Ana Dalai —susurra adormilada Gloria.

—Vístete y vamos a ver la tumba de nuestra hija en el cementerio
—le asegura Sergio.

La bebé de ambos ha muerto hace unas semanas, y la vida
diurna le es insoportable. Los tres bajan a la calle, vestidos en
vaqueros baratos, ellas con camisas de hombre anudadas al
frente, dejando ver sus ombligos. Así serán retratados por la
Interpol, que los sigue. Así serán retratados en el momento de la
captura. Las fotos recorrerán el mundo donde se habla español.
Han estado prófugos, escondidos en una zona proletaria, viviendo
una vida paranoica de parias.

Ante la cárcel de la Papuda, enclavada en la entraña verde de la
jungla, ya los esperan las cámaras de las televisoras del mundo
en español. Los reporteros hablan ante los sucesivos lentes de
cómo el trío fue detenido, “debido a las órdenes que pesan sobre
ellos por los delitos de corrupción de menores, rapto y violación
en perjuicio de la joven Karina Yapor de 14 años”.

Pero cuando la camioneta donde viajan los presos llega a las
rejas y las rejas se abren, todo lo que las cámaras pueden captar
es un beso que Gloria, tras la ventanilla sucia de la camioneta,
pone en su palma y les sopla. Luego la camioneta entra a las
fauces de la cárcel y las rejas se cierran con un estruendo
metálico.

GLORIA Y LOS SUPERMEDIOS

Personas de 50 años, de 40, de 30, me dicen que recuerdan esa
emisión de Siempre en domingo donde esa chavita llamada
Gloria fue presentada por primera vez al público masivo
mexicano. Corrijo, más bien hizo explosión en la conciencia del
público mexicano.

Yo lo recuerdo así. En pantalla había un acto circense de perritos
amaestrados. Saltaba un perrito de un trampolín por un aro. Otro
caminaba en dos patitas con un parasol rojo amarrado al
hombro. Creo que me equivoco y es que mi mente me ofrece una
metáfora que engloba el valor de la mayoría de los actos de ese
programa interminable, ocho horas de “freséz”, de artistas
producidos en serie por la fábrica de estrellas de latón de aquella
Televisa que era el pri del espectáculo. Salvo unas cuantas
excepciones muy notables, claro, eso era Siempre en domingo, la
institucionalización del arte, ese contrasentido estéril.

Entonces el maestro de ceremonias, el señor de la sonrisa
eterna, Raúl Velasco, pide un sentido aplauso para los perritos
amaestrados y luego promete que presentará a una nueva artista
que resultará inolvidable. Y sale a la luz de la escena esa cosa
rara, una chava en faldita corta (“para enseñar pierna”, me dice
riendo Gloria de 41 años), con mallones negros (“para ocultar
mis muslos demasiado anchos”), con zapatos viejos (“son los
que tenía”) y la matota de pelo (“la que todavía tengo”).

Micrófono en mano grita la primera frase de "Doctor psiquiatra"
(“de puro nervio la grito”, cuenta Gloria): “Creo que ya es tiempo...
de ir con el psiquiatraaaa...”.

—¿Tenías preparada la coreografía que bailaste?

—Cuál coreografía ni qué ocho cuartos. Ya estando ahí, hice lo
que se me ocurrió, lo que pude. Saltar, patear el aire. Tirarme al
piso.

Sube los escalones de la butaquería y se mete con el público,
toma una maceta y la deja caer y estrellarse en el piso. Es
perfecto para la letra de la canción (“No, no, no, noooo, no estoy
loca, estoy desesperada…”), baja las escaleras y bota y rebota en
el piso y se tira al piso otra vez y patalea el aire y la gente se ríe,
aplaude, se divierte, grita, ¡se despierta!

¡Le cree!

Lo más difícil para cualquiera en aquel México de finales de los
ochenta: ser creíble. Ese México de los artistas controlados por
Televisa, los periodistas acotados por el poder, los políticos de
rodillas ante el Presidente, aunque estuviesen parados. El México
de la simulación, ese que todavía no se nos acaba mientras otro,
verídico, forcejea por salir a la luz.

Cuenta la leyenda que don Emilio Azcárraga Milmo, presidente
imperial de Televisa, ve la transmisión en su casa y llama
alarmado a la cabina de control de cámaras, ordena que esa
locura acabe pronto y que las cámaras se ciñan al close up hasta
el acorde final.

En todo caso Raúl Velasco despide a Gloria con su sonrisa
eterna. Le dice: “¿Así que estás loca?”. Gloria replica: “No, nada
más estoy desesperada”. Él pregunta juguetón: “¿Desesperada
por qué?”. Gloria dice: “Estoy desesperada por ser feliz, por
cantar, por ganarme el corazón de la gente... y por quitarte los
anteojos”, y se los quita, y Raúl con los ojos en ranuras dice a
cámara: “No se vayan, porque aún hay más”, y manda a
comerciales de pastelitos recubiertos de falso chocolate.

En dos semanas, tres canciones del primer álbum de Gloria
llegan al top ten de las ventas en Latinoamérica. Arranca la
trevimanía. Siguen los álbumes de éxito. Los conciertos en
estadios hasta el tope. Se forman los clubs de fans. Andrade
convoca a un concurso de imitadoras de la Trevi y cada niña
mexicana quiere tener el pelo largo y enredado, usar mallones
rasgados, usar zapatos viejos, estar desesperada por estar feliz.

Es algo más que una moda. En ese México de simulaciones,
Gloria es alguien auténtico que se ha colado al espacio público
dominado por las mentiras, para decir verdades que entre tanta
falsedad suenan a explosiones de dinamita. Las mujeres
estamos hasta el queque del machismo, queremos libertad y
satisfacción. La Iglesia se equivoca al ser un poder represivo. Los
gays tienen derechos porque pagan impuestos.

Gloria se vuelve un espejo: todos estamos desesperados como
ella por cantar y ser felices y llegar al corazón de nuestros
congéneres.

Gloria, y Andrade tras bambalinas, preparan entonces actos más
insolentes. Un calendario de desnudos de Gloria. Al otro año, otro
calendario más prendido, con burlas a los anquilosados
símbolos patrios, y en los márgenes esas extrañas niñitas
desnudas, ésas como clones de Gloria. Al otro año, otro
calendario, otro álbum de canciones mejores.

Claro, Andrade es un genio para extremar la ganancia
económica, pero también posee la adicción del transgresor, la de
transgredir cualquier límite. La raza sólo mira a Gloria, la ama
porque ella sí ha logrado desnudarse y ser rebelde a un tiempo, y
eso en la dictablanda del pri donde todos viven doblados ante el
poder, disfrazados de corderos. Los intelectuales empiezan a
amarla por lo mismo, amén de porque ella los conecta con la
raza. En Gloria coinciden el amor de los chavos proletarios y los
chavos bien, y el de Elenita Poniatowska y de Carlos Monsiváis,
los jefes de la tribu de los intelectuales de izquierda de entonces.
El suplemento cultural del periódico unomásuno le dedica un
número a Gloria lleno de fotos de ella desnuda y versos dizque de
alta poesía.

Por eso es tremendo el desengaño. Primero el absurdo retiro de
Gloria de los escenarios, que según me cuenta es todavía más
absurdo de lo que pareció: “Un día, estando en pleno concierto
ante 10 mil personas en el Auditorio (el Auditorio Nacional de la
Ciudad de México), sin aviso alguno Sergio me dice anúnciale a
la gente que éste es tu último concierto. Me lo pide como una
prueba de amor… Para que le demuestre que para mí, él es más
importante que mi carrera…”.

Después, lo peor. El libro de una ex corista de Gloria y la
denuncia de los padres de otra chava del cortejo de Andrade,
más las indagaciones de la prensa del espectáculo, van
revelando que Andrade nunca le devolvió tanta fidelidad a Gloria,
ha sido el pashá de un harén de jovencitas émulas de Gloria.

Los hechos morbosos fascinan al público, pero lo que les duele
es el engaño, el fraude. Otro fraude más en Latinoamérica de los
fraudes, esa de los finales del siglo xx.

“¿Qué fue lo que más te preocupó?”, le pregunto a Gloria. Me
dice: “Que iban a decir que yo no era tan rebelde como me
suponían. Pero te digo algo, yo nunca me fingí más rebelde de lo
que yo soy, sólo que había mucha gente que no ponía atención a
mis canciones, como "El recuento de los daños", "Con los ojos
cerrados".

Ni siquiera cuando las rejas de la cárcel se cierran tras ella con
un estruendo metálico cesa el acoso de la prensa. La fotografían
con teleobjetivos. La siguen a las sucesivas cárceles a donde es
trasladada. La prensa cubre las historias de las niñas clones del
“clan sexual” de Sergio. Laura Suárez, corresponsal del programa
de Paty Chapoy, el de mayor audiencia en el periodismo del
espectáculo en español, destapa más y más hechos penosos
que encuentra en Brasil, en España, en Argentina. Una presa
liberada escribe su propio libro sobre cómo era Gloria en la
intimidad de una celda. Dos chavitas más del “clan” escriben sus
propios libros confesionales. Un ex fan, escribe un largo reportaje
periodístico. El escándalo es una vaca con leche amarga sin fin.

Paty Chapoy me lo cifra así: “Cuando Gloria (en sus inicios), venía
a mi programa, el rating subía 18 puntos”. Más tarde, a pregunta
expresa, Paty Chapoy me confirma que cuando tenía noticias
frescas del escándalo, el rating también subía. Me precisa Laura
Suárez: “Pero nosotros no inventamos los hechos, nada más los
reporteamos”.

Igual otros periodistas del espectáculo han dicho públicamente
que la desgracia de Gloria fue un boom de rating impresionante
para sus programas. Así de simple, las noticias sobre Gloria,
fueran buenas o atroces, vendieron igual de bien. Hay que
agregar a sí mismo: fueran producto del buen periodismo, ese de
las verificaciones estrictas, o mentiras oportunistas o
irresponsables fabulaciones.

Gloria me cuenta de un estudio realizado en la unam que calcula
que ella ingresó en taquillas, hasta antes de su apresamiento, 80
millones de dólares. “¿De esos 80 millones, cuántos fueron para
ti?”, le pregunto. Palidece al confesar: “Nunca tuve dinero propio.
A mí lo único que me interesaba…”. Titubea y yo le completo la
frase: “…era cantar”.

De cierto, nada más una vez en su vida Gloria no ha deseado
cantar. Sucedió, previsiblemente, en la cárcel de Brasil. Marcelo
Borelli, asaltante de leyenda, se frustró tanto de ya no escucharla
cantar que le ofreció 50 mil dólares para que lo hiciera. Gloria le
respondió tocándose el corazón: Borelli, es que ya no tengo con
qué…
OTRA VEZ CUESTA ARRIBA

Nuestro primer encuentro, en el Hotel Meliá de la Ciudad de
México, en 2007, sucede a las horas en que Gloria debió estar
cantando en el Salón 21, pero el concierto se canceló.

En Tampico, en 2008, todavía podemos ir a un restaurante a
platicar, la reconocen, le piden un autógrafo, ahí para.

Ese mismo año en Monterrey, fuera del palenque ya hay reventa
con empujones e histeria mientras adentro Gloria ensaya con
sus músicos y bailarines, dirigiendo desde la coreografía hasta
los coros, hasta los niveles de la consola. Una artista en plenitud
del control de su talento.
      
En la noche, 10 mil almas llenan la butaquería. Cada canción de
Gloria, cada sílaba, la canta el público y la cantan los tramoyas y
las canta, y no exagero, el despachador de cervezas. Todos los
presentes nos sabemos cada sílaba de las canciones de Gloria.
De Pelo suelto de los años ochenta hasta Cinco minutos, recién
salida en el último CD.

El público no puede ser más diverso. Chavos pero también
cuarentones, como Gloria, y cincuentones. Raza pero también
niños bien. Gays y transexuales, pero también machines de bota
y sombrero. Gloria de nuevo es un eje social. Y Gloria es
perfectamente feliz y natural siéndolo, cantando domina el
escenario y tiene conciencia hasta de la última fila.

Cuando Gloria canta "Una rosa blu", una mujer en las últimas
hileras grita: “¡Gloria!, ¡Gloria!”, el seguidor de luz la enfoca, es
una mujer de 40 años con una pañoleta en la cabeza rapada, una
mujer con cáncer, probablemente. Gloria gira el torso para
cantarle directamente a ella y la mujer en pie canta con Gloria, el
resto del público calla y atestigua. Es magia pura, 10 mil
personas presenciando el íntimo amor entre Gloria y una fan
herida por la desgracia. Vale precisarlo: así se cantan una a la
otra la canción entera.

Al inicio de 2009, nos encontramos en el hotel Camino Real de
Santa Fe, para lo que yo llamo la “sesión de precisiones”. Ahí se
hospedan Gloria y Armando porque a unas cuadras está el set de
El show de los sueños, programa de Televisa en el que Gloria
sale cada domingo en red nacional. Ya todo debe ocurrir con
sigilo, encontrarnos en un apartado, los guardaespaldas y
Armando vigilando afuera, la diva ha vuelto a ser reconocible para
cualquier ciudadano de a pie, hay que tener cuidado con los
paparazzi y sus informantes, que pueden ser el mesero o la
recamarera o aquel señor calvo que se ve tan decente leyendo un
periódico. Cinco minutos es la canción que domina el año entero
en las discotecas, Gloria está bookeada para conciertos hasta el
año siguiente.

Hace apenas dos meses, en marzo de 2009, nos citamos por
última vez en un restaurante del aeropuerto de la Ciudad de
México a las nueve de la mañana. Su representante llega tres
minutos antes, sus dos guardaespaldas grandotes y en
chamarrotas de piel negra llegan dos minutos antes a otear el
lugar, Gloria y Armando entran con lentes negros a las nueve y un
minuto. Nos felicitamos unos a otros, somos tan efectivos como
James Bond.

Gloria quiere saber cómo voy, luego de 15 horas de grabaciones
con ella. “Ya sé cómo contar tu historia”, le contesto. Me dice algo
que me ha repetido: “Lo único que yo quiero es darle por fin la
vuelta a la hoja de mi pasado”. “La mejor manera es contando tu
pasado”, le vuelvo a replicar, como otras veces. “Sí, que se sepa
toda la verdad y ya”, dice, pero lo dice sufriéndolo.

Me suelta a rajatabla: “Sé que haz hablado con Paty Chapoy”.

Le digo: “Así es, y la encontré muy profesional a ella y a Laura
Suárez. Les pedí cifras, fechas, me narraron hechos que he
verificado. Además debo hablar todavía con Mengana y con
Zutano, y la investigadora Rocío Bolaños está calificando la
verdad de cada dato de lo que va reunido”.

“Qué bueno”, dice Gloria. Yo le suelto a rajatabla: “¿Y tú ya me
investigaste a mí?”. Dice que sí, y sonríe. No se lo digo pero me
parece que es esa la segunda inocencia que la vida nos regala:
creer con los ojos muy abiertos.

Me acuerdo entonces de Francine, mi sobrina de 11 años, que
tiene que susurrarme al oído que Gloria Trevi le vuela los sesos,
para que su mamá no la regañe. Pienso que para Francine,
Gloria es una compositora y cantante espectacular, pero es algo
más: es un aviso tentador de una realidad más grande que la de
su mundo sobreprotegido de niña bien. Una realidad más grande
que la de las estrellitas bien portadas de la tele. Una realidad con
cimas sublimes y simas oscuras y sucias: como son las
historias de Jim Morrison y Tina Turner y Édith Piaf, músicos
peligrosos como la pólvora, la pasión, la complejidad, la
perversión, la locura; o la poesía.

En todo caso, hasta acá mis apuntes para armar el guión de una
película sobre Gloria Trevi. Una película que ahora pienso debe
contar su primer ascenso meteórico, su caída en vertical al
infierno y su nuevo ascenso a la gloria; y también,
entremezclados, los episodios claves de su vida personal y de su
relación de amor y odio y nuevo amor con los fans y con los
supermedios de comunicación; y todas esas piedras brillantes y
opacas, preciosas y brutas, unidas por el hilo de su música.

Su música: la melodía interna de Gloria que nada, nada, nada ha
podido callar.
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